EL VALLE DEL JERTE

El día 13 de abril no fue especial por ninguna efeméride, sin embargo pudimos hacer un recorrido cuyo destino en principio fue el Valle del Jerte.

Era un sábado que aprovechamos para pasar un día de campo mientras intercambiábamos risas y chascarrillos con intención de disfrutar de un buen rato, placentero.

El tiempo nos acompañó y pudimos dar grandes paseos. Nuestro itinerario se inició con un tramo en autobús hasta Barco de Ávila, donde disfrutamos de un tentempié que agradecimos pues nos esperaba una jornada en que las energías calóricas y nuestro metabolismo funcionarían a tope durante todo el día. El caso es señalar el consumo y gasto energético de un día de campo.

Quiero decir, que el picnic que más adelante nos dimos como homenaje, nos puso las pilas para aguantar todo el día de excursión.

Nuestra siguiente parada fue la “Fábrica de Alabastro” anexa al Complejo Rural “Los Chozos”. Ya en tierras del Jerte (Cáceres)

Aquella vista fue bien aprovechada. Son imponentes los chozos por dentro y por fuera, el lujo y la comodidad se unían en un entorno donde los chozos hacían las veces de los legendarios y primitivos chozos de los pastores en las tierras que les servían de descanso para acabar la jornada cerca de sus rebaños

Estos hogares, los del Complejo Rural sirven para el turismo y el dueño de este marco incomparable de la zonas del Jerte, nos mostró una zona creada a imagen de los antiguos refugios ya nombrados, pero la suntuosidad y la modernidad hacían genuinos estos asilos por dentro, cuyo centro neurálgico es una tasca donde ofrecían cerveza de cereza y mermeladas. El recorrido guiado por el propio dueño, fue grato y nos hizo crear en nuestra mente una especie de periplo amoroso. Quizás para ir en tiempo de asueto y vacación a estos chozos que para hacer realidad nuestros sueños idílicos.

En lo referente a la “Fábrica de Alabastro” pudimos disfrutar de la escultura artesana que lleva un tratamiento minucioso y difícil, una manufactura artesanal que da forma a figuras y estatuas gratas a la vista cuya beldad manifiesta como epíteto que son arte, así pues son obras artísticas que continúan en vigencia.

El Jerte no estaba florido, íbamos camino del Valle, mirando por la ventanilla del autobús y entre las curva las montañas el recorrido desde el bus dejaba mucho que desear pues no había cerezos en flor.

El río Jerte en su valle es un lugar muy concurrido por el turismo aunque no se puede descartar las visitas de los autóctonos para pasar su tarde de merienda campestre.

En este río, un río pequeño que lleva sus aguas al afluente del Tajo que se llama Alagón, lleva un cauce de agua y ambiente fresco gracias a las fuentes naturales capaz de embelesar, allí en la zona de la “Pesquera” comimos en plan de tortillas, hornazos y empañadillas.

Los niños disfrutaron de la excursión. Los pequeños iban y venían explorando, jugaron con los gatos, con las piedras y ¡cómo no! , con el agua. Una de las niñas cayó al río y se mojó, todo quedó en un susto, Tras la sobremesa los niños y no tan niños disfrutamos de aquella buena jornada y reiniciamos el recorrido con el “buche” completo.

Otro destino fue Cabezuela del Valle y Navaconcejo, caminar y ver casas interesantes se convirtió en un aliciente para disfrutar del viaje a pesar de que no pudimos ver los árboles floridos.

Lo último y antes de partir de vuelta, llegamos a Hervás, que nos mostró su barrio judío, sus calles angostas y estrechas y con un centro comercial entre el barrio y la Plaza Mayor.

Pudimos conocer un peculiar personaje de la zona. No sabemos su nombre pero es digno de visitar. Tiene un patio, el de su casa, que estaba lleno de tiestos, de cactus, era increíble, era una colección sin valor, pues tan caro resultaría que nadie tendría capacidad para comprarlo. Quizá se convierta algún día, si el dueño falleciese y dejase desamparada su obra, se convierta digo, en un museo, algo que entiende el artista hortelano, que fallecida su madre, dedica su vida al mantenimiento de las plantas, que constituyen una vegetación muy bien cuidada.

El Valle del Jerte ha resultado ser una excusa para pasar un rato en contacto con la naturaleza, desde que subimos al autobús hasta que bajamos ya en destino. El “feeling” hizo de los viajeros un sentimiento lleno de familiaridad y nos dejó encantadas gracias al recorrido que hicimos por tierras de Extremadura.

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