EL DÍA DE NUESTROS DIFUNTOS

Halloween se asienta en nuestra cultura de manera espectacular. Traída del otro lado del charco allende el Océano Atlántico, se hace un enorme hueco en nuestras festividades y motivos festivos de tal manera que nuestro día, primero de Noviembre en que se hace culto a los seres perdidos por fallecimiento, parece que tiene un eco que implica a los niños y a los jóvenes que comienzan a considerar una tradición, algo importado de Estados Unidos.

Disfrazarse, ir casa por casa pidiendo caramelos, dulces y otros regalos, tener como icono la calabaza con la luz interna y vivir el terror y el misterio se hace ya casi cotidiano en nuestras vidas.

No soy quién para juzgar si es positivo o negativo, permitir que en nuestra sociedad se implante dicha festividad, pero lo que sí puedo decir es que los niños durante estas fechas disfrutan de un momento o de una efeméride que a nosotros los adultos nos resulta tortuosa y penosa. Ir al cementerio a llevar flores a nuestros seres queridos ya desaparecidos, es algo que se lleva haciendo tiempo y tiempo.

Tener un día para acercarnos al cementerio a lavar las lápidas y adornarlas con motivos florales, es un acto durante el cual sentimos lo efímero de la vida. Acordarse de los difuntos no tiene fecha, normalmente no los olvidamos fácilmente, siempre hay un recuerdo a lo largo de nuestra vida, por aquella persona que perdió la vida y que tanto significó para nosotros. Más este día si cabe tenemos presentes a nuestros muertos de manera especial.

Los niños son otra cosa y hasta pasada la pubertad o en ella en pleno apogeo, es cuando nuestros pequeños empiezan a preguntarse cosas importantes de la vida. El primer sentimiento de agonía de vida, viene cuando los pequeños se dan cuenta de que existen las desgracias, y existe la muerte.

Entenderlo, creo que nadie lo entiende, pero aceptarlo es aún más difícil, por lo que tener un día  para desahogar nuestro pesar es importante. Mientras tanto en estas fechas, me parece bueno y apreciable que los niños celebren en común, que surjan ganas de participar en sociedad de una circunstancia que no entendemos mucho si no reflexionamos pero que nos sirve de excusa para crear un movimiento, con una actitud festiva o para adoptar culturalmente una tradición, que queramos o no, poco a poco se viene implantando en nuestro país.

Normalmente la gente de mi edad, los que ahora forman la escuadra de padres y madres de las personitas del futuro, sólo veían esta fecha como un referente de nuestros difuntos, pero hoy existe Halloween, yo comencé a entender este acontecer a través de las películas y series americanas, que transmitían un sentimiento que fluía en un momento de celebración. Pero hasta que no pude comprobar con mis sobrinas que esta fiesta es una realidad que va emergiendo, no me di cuenta de las dimensiones que ésta va alcanzando. Imagino que esta fecha tan relevante es ahora motivo de alegría, de jolgorio, de encuentros. Normalmente la celebración de Todos los Santos tiene un marcado carácter religioso. No consiste únicamente en acercarse al cementerio que muestra una imagen, lejos del sentimiento, en que parece una romería con los vendedores de flores y los churreros que hacen negocio.

También ir a misa y recibir cristianamente la Sagrada Forma en un día tan especial, nos sirve relativamente para darnos cuenta de que nuestra vida es más corta de lo que pensamos. No creo que nadie quiera morirse, es verdad que todos buscamos darle un sentido.

A lo absurdo de perder la vida se une la necesidad vital de llorar por los que nos dejan, y ahogar nuestras penas. Pero, te mueres y ¿qué?

No sabemos cómo es la Vida Eterna, ni si resucitaremos pero mientras  nos lo planteamos difuminamos nuestro dolor.  También podemos servirnos de este día para dar rienda suelta a nuestros sentimientos, para encontrarnos con parte de la familia, allí, en el Campo Santo y compartir el sufrimiento y la pena que nos han causado las desapariciones de personas cercanas que acabaron con todo su deber y tienen el destino, allá… lejos. En una palabra: han cumplido en vida y gozan de la eternidad.

La muerte es como un trámite, es un estadio para ir a un más allá… Pero además es el rasero por el que nos medimos todos de la misma manera. Todos absolutamente todos, pasamos o pasaremos, (algunos ya lo han hecho), por este trance en que el aliento de vida se extingue y la nada se hace nuestra dueña y señora. ¿Qué nos queda tras este acontecer?

Muchas veces las cosas que se han hecho en vida alcanzan sentido tras el fallecimiento puesto que  queda el legado más o menos interesante o importante de lo que hemos interpretado de nuestro paso diario por la vida. Así, las personas que en vida han dejado algo para la eternidad alcanzan su gloria y forman parte de la historia.

Ser recordado tras el óbito  es lo más que nos queda a todos. Unos por sus obras artísticas… dibujo, escritura, escultura, etc… otros por sus construcciones,  por sus empresas, por sus familias, por sus compañeros… todos en un momento dado daremos qué hablar, ya hecho huesos en nuestro ataúd.

Será entonces, nuestro último sueño, pero también nuestro contacto con esa Vida Eterna que nos espera… y que nos ha sido anunciada…

Mª TERESA MENDOZA HERNÁNDEZ.

LICENCIADA EN CIENCIAS DE LA INFORMACIÓN SECCIÓN PERIODISMO

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