EL AMOR… INCONDICIONAL

Querer, amar, desear… son sentimientos que hacen al hombre digno ser de humanidad. Estos verbos expresan un sentimiento difícil de manifestar pero: ¿se utilizan distintos verbos para indicar diferentes formas de expresión de un mismo concepto? Tienen en común, en verdad, que indican un sentir humano, pero ese sentimiento bajo mi punto de vista puede ser entendido bajo dos manifestaciones: el amor carnal o marital y el llamado amor fraterno… amor al prójimo.

Nuestra existencia viene marcada por un amor puro, sano a la vez que vital e importante, me refiero a la sensación de querer, de amar a la humanidad, de poner nuestra confianza en los otros, es algo que a veces se aprende.. así en nuestra doctrina cristiana que un tanto alejada de la ética incluye en nuestras relaciones sociales la existencia de una actitud de apertura de nuestro corazón, no sólo a quienes se nos asemejan o acercan sino incluso amor al enemigo.

La verdad es que este dogma es complicado de entender para una mente simple, no obstante nuestro Maestro, Cristo lo dijo, aconsejando ofrecer la otra mejilla si somos abofeteados o perdonar y querer al enemigo… parece una contradicción en sí misma pero si existe al teoría seguramente alguien la lleva a cabo… en verdad el amor estimula al hombre y ante adversidades mundanas ofrecer nuestro amor, nuestra lealtad, nuestra misericordia… nos hace bienaventurados.

El otro modo de amar, si se me permite, viene cargado de toda una actividad física, el sexo: su propia expresión lleva una equis como símbolo de algo complicado para racionalizar, una letra que indica que es sólo para hombres y mujeres hechos y fuera de horario infantil.

El deseo marital es cosa sólo de dos y la mejor forma de reflejarlo sería mantenernos creando un gran silencio sino se nos antoja manido y manipulado. Tratar de definir el coito o dar lecciones sobre cómo provocar a tu pareja se me presenta como algo estéril, las palabras sobran, es mucho más atractivo percibir el sexo como algo latente que hacerlo a “bombo y platillo”.

Quizás si eres joven o incluso adolescente sientes una pequeña curiosidad por llegar al orgasmo, pero cuando el amor es algo más serio y lo que buscas es procrear tienes licencia para ser tú mismo. El hecho de hacer el acto sexual es un mero trámite que estará lleno de sensualidad y fantasía en la medida en que tengas complicidad con tu pareja, pero además tiendes a más, buscas descendientes, seres que formen parte de ti mismo… ese sentir adulto y personal puede ir unido y de hecho va unido al amor fraternal al que unas líneas más arriba hacíamos referencia… ¡no todo es el deseo!

Cuando tienes una edad y tienes capacidad para entender que el amor es necesario, y no sólo a lo propio sino también a lo ajeno, es cuando te das cuenta de que tienes capacidad para abrir tus brazos al abrazo de un amor puro y dejas de lado tus vivencias de inexperto, criticables… actitudes rebeldes de tu juventud o fracasos por los que pasaste en tu adolescencia sin saber ni entender cómo enfrentar los pequeños o no tan insignificantes problemas que se presentaron en su día. Problemas que hoy en una mayor certeza de conocimiento de la realidad puedes resolver sin menoscabar la actitud de tus hermanos, de los demás.

Personalmente considero que para querer hay que gozar de una cualidad importante: la de ser comprensivo. El desconocimiento de las circunstancias que rodean al ser humano pone en duda la propia capacidad de querer; en nuestra sociedad muchas veces queremos de manera frívola únicamente por lo que nos pueden aportar… somos egoístas a la hora de prestar atención a alguien… sólo lo hacemos si ese alguien es capaz de ofrecer algo,  prestar nuestro interés en un amor puro y sincero implica plantearse el verdadero amor: ¿qué es para nosotros el amor incondicional?

Hay personas que defienden el celibato, se nos antoja ejemplo de vida ejemplar (válgame la redundancia). Son aquellas personas que optan por una vida de entrega y devoción… no sólo una religión que les sirve de doctrina, unos ideales a los que tienden y aspiran dando su vida, compartiendo los bienes materiales y viviendo una castidad que les hace signo vivo de una capacidad de amor sin horizontes… eterno.

Un amor coherente es el que se reconoce con una actitud de entrega, bien por vivir en pareja, bien por disfrutar de una vida íntegra, independiente… “sin casarnos con nadie” pero viviendo un sentimiento compartido tan bueno como grato, sin condiciones… ahí quería llegar a entender… que sí existe el amor incondicional donde las cosas son porque sí, porque merece la pena, sin que las condiciones o circunstancias que rodean el propio personaje al que amamos sirvan de pretexto o nos hagan medir hasta dónde amar.

El amor no se puede medir. Si existe es inconmensurable, eternal, si no existe su vacío es tan inmenso que no cabe dicha ni consuelo. La falta de amor es peor que cualquier otra falta material. En verdad el amor es el mejor producto. Si existe nunca se agota, el amor mueve fronteras y en estado puro no se puede emplear como una mercadería aun así su beneficio es importantísimo.

 Mª Teresa Mendoza Hernández.

Licenciada en Ciencias de la Información sección Periodismo

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