LA SEMANA SANTA, FIESTA Y FE.

El silencio, el paso lento y coordinado de algunos pies desnudos, los tambores de la Semana Santa, las saetas… una mezcla de martirio, dolor, búsqueda del perdón hace que nuestro país, todo él (que a pesar de declararse aconfesional trata con respeto el credo católico, por ser la religión que más seguidores profesan) se llene de una religiosidad cristiana a la altura de las necesidades de sus pobladores.

Las procesiones son en verdad, una manifestación cultural que forma parte de nuestra idiosincrasia, nuestra espiritualidad, es algo característico del hombre y la mujer capaces de creer en “algo más allá”… el plus ultra de nuestro acontecer diario, pero además vernos protagonistas de un sentir común de convivencia, hacer examen de conciencia, acto de contrición y cambiar nuestros pecados o faltas pidiendo perdón con una actitud renovadora hace que nos sintamos en sintonía con  los otros, sería todo ello en pos de alcanzar la paz. Además vivir nuestra fe nos hace encontrar felicidad y gozo que traen consigo una esperanza.

Hemos celebrado la Pascua de Resurrección. Tras el tiempo de Cuaresma nos llegó la Semana Santa que es la fiesta cristiana durante la cual somos conscientes de la tarea de Nuestro Señor Jesucristo como hombre: dar la vida por la humanidad, además de vivir la pasión como hombre y resucitar como Dios, nos lleva a la humanidad ha creer en la esperanza de un vida mejor.

Dice el Credo que Cristo ascendió a los cielos y está a la derecha de Dios Padre y que desde allí vendrá a juzgar a los vivos y muertos. Nuestra necesidad de un Todopoderoso, nos abocan a tratar de entender la Eternidad, mas es algo que nunca nadie ha comprobado. No obstante, la fe (virtud en que nos apoyamos a lo largo de nuestra vida religiosa) es el primer valor de una religión, nuestra religión, nuestra fe: es el baluarte de nuestra espiritualidad hacia la creencia real de la existencia de Dios.

Si alguna vez has sentido que la tragedia de la vida, te ha llevado a la desesperación y has tenido que replantearte la vida, eres capaz de entender por qué la fe es un consuelo. Es esta fe el recurso al que se agarra el ser humano en momentos críticos, para replantearnos nuestra existencia. Estas fiestas que hemos vivido recientemente son o han de sernos útiles para hacer acto de contrición, enmendarnos en nuestro comportamiento, y comenzar de nuevo con empeño en aquellas cosas que no han sido buenas del todo… tenemos un año entero para volver sobre estas cuestiones, siempre con intención de renovar y mejorar, porque la Pascua de Resurrección que con tanto boato celebramos en la Vigilia Pascual, seguida de la celebración del Domingo de Resurrección quieren ser símbolo del amor fraternal de Dios, que hecho hijo dio la vida por nosotros, anunciando como los profetas del Antiguo Testamento, la salvación… la vida eterna.

Hoy en todas las celebraciones eucarísticas echamos de menos la presencia de gente joven… puesto que salvo puntuales y esporádicas reuniones son feligreses de diario, normalmente las personas mayores. Nuestra crítica que se caracteriza por una consideración aferrada, y obstinada nos acera a la visión pesimista de entender una verdadera falta de valores cristianos. Hay desilusión y sobretodo un desconocimiento de los grandes beneficios de tener un credo, un dogma, de orar en comunidad, de compartir experiencias, de reflexionar, de hacer caridad…la religión es además un freno para nuestro comportamiento más punible o castigable, así como un  acicate del amor humano. Entender que la religión es una necesidad se nos olvida y nos alejamos de una moral que por encima de todo defiende el amor, la paz y la caridad.

Nuestro Papa, Francisco I es el primero en criticar desde su posición de representante de Dios en la Tierra, las faltas y defectos que tienen lugar en una coyuntura religiosa cuyo lema es la fraternidad. Nos encanta Su Santidad por el tratamiento que da en sus celebraciones a las disfunciones sociales. Incluso se muestra humildemente como un hombre que con sus convicciones y comportamientos  puede caer en  la tentación del pecado… no niega su debilidad como persona humana. Esta actitud le honra no solo por ser la mejor opción para vivir, además es el mejor ejemplo que puede dar como cabeza pensante de una religión que parece sufrir una crisis.

La crisis de nuestra religión viene no sólo de la falta de feligreses, también viene de la falta de sacerdotes y religiosas: “son pocos los obreros y muchas las mieses”. No todo es evangelizar lejos, en las misiones… sino también hay que dar un servicio religioso para lo que han comenzado desde las diócesis, a formar y preparar laicos como moderadores dominicales de celebraciones de la palabra para cubrir algunos pueblos dejados de la mano de Dios, dónde el presbítero correspondiente no puede cumplir con todos los oficios y celebraciones puesto que su responsabilidad abarca quizás cuatro o cinco pueblos. La idea es que su ausencia se cubra por personas comprometidas, que serán instituidas por los obispos para cubrir esas situaciones precarias de celebraciones eucarísticas, los servidores no podrán consagrar, pero sí impartir la forma eucarística, incluso hacer una expresiva homilía tras las lecturas de la Palabra de Dios.

Como vemos la falta de sacerdotes y religiosos parece empezar a hacer mella en nuestra sociedad, pero la existencia del Año Litúrgico y las celebraciones como la Pasión, Muerte y Resurrección de Señor, en  la Semana Santa hacen que no perdamos el norte de nuestra brújula espiritual.

Mª Teresa Mendoza Hernández

Licenciada en Ciencias de la Información sección Periodismo.

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