LA MUERTE…¿ES EL FINAL?

Nacemos y nos gusta la vida, nos gusta hasta el punto de desear una vida eterna. A pesar de no poder comprobarlo si seguimos nuestra existencia creyendo como nos adoctrina la fe cristiana, esa vida eterna se nos presenta en el momento menos esperado, en el momento más difícil de nuestro existir, el momento de la muerte.

Morir, fallecer, perecer, el deceso, el óbito: todos ellos son modos de hablar de una misma realidad. Se trata de una realidad dura pero inevitable. Todo en la vida resulta perecedero y cómo se suele decir todo lo que tiene un principio tiene un final.

La muerte… ¿es el final? Es un paso trágico y problemático. Perder la vida… yo creo… se pierde una vez que has cumplido, lo que has venido a cumplir en tu propia vida. Pero resulta imposible saber si hay muertes que por capricho no permiten que cada uno llegue a su destino… es importante cumplir tus objetivos, la muerte puede ser de repente (en un accidente, o un ataque mortal), o pueden tener a priori una agonía que suplica la paz de la de la defunción… ¿hasta qué punto lo que queda en entredicho es el destino?

Creer que estamos predestinados puede servir para no llenar de amargura el momento más misterioso, desgraciado, doloroso y último de nuestro existir. Morir es el paso de la vida a la vida eterna, pero ¿qué tiene este acontecer para nosotros los seres humanos? Cuando empiezas a entender qué es eso de la muerte, te das cuenta de lo poco que vale la vida, relativizas todo, si pierdes un ser querido, su vacío no se llena fácilmente.

¿Quién no ha oído decir que “nadie es imprescindible”? puede que sea así, que todos podemos ser sustituidos lo cual no tiene porqué querer decir que en la vida existen personas imprescindibles. Cada uno es único y tiene sus rasgos tanto físicos como sus características actitudinales.

La pérdida de la vida nos ha de llegar a todos, independientemente de nuestra naturaleza, nuestro final, nos llegará queramos o no. El hecho de ir a una tumba en ataúd de madera, directo al cementerio, es quizás el intento de dejar bajo tierra nuestros miedos y congojas. Enterrar un amigo, un pariente, incluso un padre o una madre se convierte en uno de los acontecimientos más tristes y duros de nuestra vida.

Nos queda el consuelo de rememorar. Aquellos seres humanos que por uno u otro motivo han fallecido continúan en nuestra mente (unos más que otros). Así existe en nuestra realidad la historia, que es capaz de medir en el tiempo aquellos acontecimientos que han significado algo para la humanidad. Recordar fechas de nacimiento y fechas de defunción nos acercan a los protagonistas  personajes que han dejado un legado interesante. El hecho de haber creado, inventado, gestionado, ideado, permitido…realizado en vida… es lo mismo que el matiz de persona importante histórica o socialmente… ¿qué sería de nosotros sin la memoria? Muchos han sido los hombres y mujeres de la vida que han dejado una parte de su gloria en nuestra cotidianidad. Morir por una irrefrenable realidad de que todo se degenera es inevitable, pero hablar con alguien, entender por qué ha sido importante en el desarrollo de su tiempo de vida o guardar el legado que ha dejado y todo aquello que surge… son cosas que ni el paso del tiempo permite olvidar… ni su desaparición como persona evita sea elogiado, entendido, adecuado, alabado… en una frase: Evocar su obra (sea en el ámbito material que sea) hace que en cierto modo ese personaje no muera.

Cuando en tu niñez o en tu adolescencia empiezas a entender la vida, hay algo que existe ahí, que te da miedo, que te decepciona, que te asusta, que te deja desvalido: conocer el final al que todos sin distinción son abocados… morir, perder la vida, acabar la existencia… se trata de una experiencia que nos marca y puede incluso trastornar nuestra concepción de la dicha de vivir. Relativizamos todo lo que hasta entonces ha tenido una importancia especial.

Pensar que tu final llegará quieras o no, te pongas como te pongas, puede servir para no dejar en olvido que todo puede ser importante, o todo puede ser baladí… que la trascendencia de todo es relativo e incluso medimos todo lo que acontece con el rasero de lo más genuino y especial: la vivencia personal o el trasiego de los sucesos acompasados por el ritmo de la humanidad que dejan su huella en los anales de la historia… hasta ahí lo más destacable…  tener vida o morir en el intento.

Algunas de las personas y personajes que nos han dejado en este valle de lágrimas, han alcanzado la gloria en vida, otros al finalizar su paso terrenal por este mundo empiezan a ser entendidos y alcanzar su fama a través de lo que han dejado como como herencia para la humanidad. Si es importante tu vida, dejas de ser un ser anónimo que se ha convertido en polvo para convertirte en un emblema, un arquetipo, un ejemplo, un ser eterno. La convivencia no es lo último… la muerte no es el final… hay obras para la posteridad que nos hablan de lo maravilloso de la vida, encontramos de continuo en nuestra existencia, protagonistas ya de otra vida, que continúan con nosotros, no de manera corporal sino bajo el amparo de un alma que vivió lo suyo, hasta descansar en paz…  

Mª Teresa Mendoza Hernández.

Licenciada en Ciencias de la Información sección Periodismo

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