LAS MENINAS Y UNA MINUCIOSA MIRADA

Aquella noche no tenía ni un lugar donde entrar, ningún antro; no sabía adónde ir, no quería hacer como suelen hacer los jóvenes desordenados, sin decisión y sin organización, que dedican sus horas ociosas a reunirse con el común de los mortales, a compartir copas y música con colegas y compañeros, a congregarse en pubs y discotecas amenizando su vida y llenando sus horas de festividad con actividades que ponen a los seres humanos en pruebas hasta límites insospechados…como digo no sabía adónde ir…¿Por qué nos lo dan todo hecho? Salir a beber y buscar tema de conversación para “quedarse con el personal”… no tengo muy claro si ese tipo de cliché social me es válido. Estoy más por la labor de crear nuevas fórmulas para entretener mis horas de ocio.

La solución vino por sí sola pues tuve la suerte de leer la prensa de aquel fin de semana donde se anunciaba que el sábado por la noche hasta la madrugada del domingo, estaban abiertos los museos, de tal forma que lo propuesto socialmente me cautivó. La idea de aprovechar aquella imaginaria para ver arte, hizo que surgiera un interés precipitado aunque no banal.
Tengo desde mucho tiempo un cuadro en mi cabeza. Este cuadro data del siglo XVII, pero es en el siglo XIX cuando es considerado obra maestra. Si continuamos con el tiempo hasta el siglo XX y albores del siglo XXI en que el arte entra en una ideología del “todo vale”, el observar este cuadro y el darle la oportuna o idónea significación hacen que pueda considerarse una obra magistral que antaño hizo pensar en otras técnicas artísticas y hoy será siempre un Velázquez, que está ahí, que es y que encierra un quehacer necesario, me refiero a una obra de arte que representa una reunión de la familia de Felipe IV rey de España y penúltimo monarca de la dinastía de los Austria en nuestro país.
Es esta obra pictórica un lienzo barroco que maneja una serie de ideas de composición escénica que obliga al espectador a darse cuenta de que aquella disposición de los personajes muestra una distribución del espacio que nos recuerda la práctica fotográfica.
Aquellas largas horas de insomnio que bien pudieran ser aprovechadas para hacer un alegato a la obra artística de Velázquez, en concreto sobre el cuadro que conocemos como las Meninas, que es el que me viene evocando mi mente, y el que me harían superar el miedo de la obscuridad de las calles y el aire frío que me daba en el rosto. Capaz incluso de hacerme vivir un cierto sacrificio para no ir a meterme en mi cama debajo del edredón, cerrar los ojos para, si no soñar, al menos dormir. El plan era otro, rematar aquella semana con una provechosa visita tranquila y relejada al museo en que dicho cuadro ha encontrado un sitio honorífico, me refiero, ya lo sabes, al Museo del Prado. Así podrían convertirse aquellas horas intempestivas en el momento “ad hoc” para poner como objetivo a cumplir: el ir a contemplar el histórico vestigio de otro siglo que habla de arte, un arte que incluso gana valor con el paso del tiempo, tanto valor artístico como valor histórico.
Ante este lienzo donde ha dejado su gloria Velázquez, permanecí un par de horas simplemente observándolo desde lejos o acercándome a descubrir pequeños detalles que hablan por sí solos… fueron ciento veinte minutos llenos de minuciosidad.
La mirada era limpia y sí, minuciosa. Pude darme cuenta de que aquel cuadro era en verdad una manifestación artística, que daba una lección interesante, no sólo por su carácter pictórico que ha sido emulado por otros autores y ha inspirado otras obras de arte, sino también porque es un documento con valor histórico, con el que queda reflejada en una escena, la cotidianidad de palacio, un día cualquiera de unos personajes tan reales como poderosos que inevitablemente engrosan los anales de la historia.
Aquellos trazos que en su día Velázquez ejecutaba con soltura han creado una imagen que nos agrada por su realismo. Los retratos y el autorretrato del pintor están básicamente diseñados para dar fidelidad de los rostros y físicos de unos personajes interesantes a todas luces. A ello hay que añadir que es la representación de unos pintorescos seres que parecen estar en una sala de entretenimiento, una sala en la que el pintor reunía sus modelos que eran el Rey y su esposa, quienes aparecen reflejados en un espejo, están posado y que en la obra que nos interesa se ven en un segundo plano, perdiendo protagonismo. Ocupan la parte central de la secuencia, los retratos de la Infanta Margarita Teresa de Austria y las meninas (dos damas de compañía de la princesa), así como otros personajillos, el perro y los enanos que entretenidos en otros menesteres ocupan su posición en el conjunto pictórico como parte integrante de la Corte Real quienes presuntamente habían ido a visitar al pintor en su taller.
La distribución de la luz llena de claridad la composición. Una ventana desde la parte derecha que no se ve, pero se sobreentiende al percibir la entrada de una luz al cuadro, una puerta abierta que desde el fondo nos deja acercarnos a otro personaje del conjunto, el aposentador de la reina, del que no sabemos si sale o si entra de la sala, pero que tiene una luz que ilumina su figura, es un segundo detalle de lo bien distribuidas y mezcladas que están las luces y la sombras. En la parte oculta del boceto acabado donde están situados los reyes que presumiblemente están posando, ubicamos otra fuente de luminosidad que hace percibir claramente en la imagen de los modelos reflejados en el espejo al fondo de la sala. De cualquier forma la composición y el orden de los personajes aprovechan idealmente el espacio. Cada uno guarda sus distancias y ocupa su sitio conformando una distribución espacial dotando a cada uno de su adecuado protagonismo.
Observar el cuadro, si fijas tu curiosa mirada es una forma de entender el arte o al menos es el primer paso para percibir la magia de una obra que da muestra patente de la corte de un rey hace más de tres siglos.
Tras el minucioso estudio de la obra pensé en permanecer allí algo más de tiempo sin saber muy bien que me depararía aquella aventura que parecía no defraudarme.
Me dediqué durante tres horas aproximadamente a cambiar impresiones con aquellos visitantes ocasionales a los que nos unía la admiración por tan magnífica obra del denominado Siglo de Oro.
El hecho de no poder fotografiar el lienzo, actividad prohibida para proteger la obra era el motivo o la disculpa que abría el diálogo con los desconocidos espectadores. La tesis que yo aquél día defendía venía a decir que aquella obra era lo que un escrito a una obra de ciencia ficción, aquel legado histórico se convertía en una obra capaz de inspirar la idea de crear otra técnica, como así fue. Parece ser que influyó en la concepción de lo que se conoce como daguerrotipo (creado por Daguerre), que no es otra cosa que el arte de fijar las imágenes. Este cuadro es un icono de lo que más adelante en el tiempo han venido a ser las fotografías. Podemos aprovechar y quedarnos con una comprensión histórica de nuestra realidad, hoy las fotos son instantáneas fáciles de conseguir, la técnica se ha desarrollado tanto que hemos alcanzado el selfie, en cualquier sitio, en cualquier momento.
Aquellas cinco horas me sirvieron para declarar al mundo, (aunque sólo sea por lo interesante que me había resultado esa nueva forma de ocio), que fijarse en los detalles, mirar con calma y sutileza pueden hacer que tu actitud sea la positiva aceptación de una realidad que aparte de ser útil a la humanidad hacen ver al hombre y a la mujer como seres humanos, como una especie con capacidad de raciocinio y capacidad de creación artística.
Mª Teresa Mendoza Hernández.

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